La leyenda del gato blanco

Este es un pequeño cuento que escribí para mi hijo, se supone que debía leersélo para que él lo relatará en clase, pero al final al maestro se le olvidó está actividad.

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De niño tenía un gato, le llamé fantôme, era un hermoso felino blanco de grandes ojos, enormes bigotes y bello pelaje. Todo en él era perfecto, parecía una figurilla de colección. Siempre he amado los gatos, desde que recuerdo hay uno en mi casa, aún ahora de adulto tengo uno que me recuerda vagamente a fantôme. Pero fantôme era especial, era mi amigo inseparable, era mi compañero de andanzas en la niñez; cuando me iba al colegio, él apenas regresaba a la casa de sus aventuras nocturnas, siempre me he preguntado, ¿a donde van los gatos de noche? ¿tienen sus tertulias y jolgorios bajo la complicidad de las estrellas y la mirada tierna de la luna?

Creo que jamas lo sabré, pero él siempre estaba ahí para mí, era como si me dijera “descuida, todo estará bien, ve tranquilo”. yo me olvidaba de él en cuanto subía al autobús y entraba en mi rutina diaria, me pregunto, ¿qué hacía él para vivir? Se que es tonto pensarlo, pero, ¿cómo se sentiría él conmigo? A veces creía que lo sabía, cuando se restregaba contento sobre mi pierna y daba rienda suelta a ese concierto de ronroneos que dejaban ver su alegría infinita, ¡como quería yo a mi gato!

Dicen que un día, después que me fui al colegio, él se aventuro un poco más allá de sus límites, porque verán, él conocía sus límites, sabía donde era bienvenido y donde no lo era, era un animal listo, pero también era un pillo consentido. Por todo el vecindario eran ya famosas sus incursiones a las cocinas ajenas a robarse los filetes. Era el terror de las señoras mayores, quienes lo correteaban escoba en mano para evitar que engulliera sus preciadas aves, era un malvado con los cachorros y experto escapista de las fauces de sus caninos enemigos, tal era su vida. Pero ese día fue diferente, no solo para él, también para mí. Cuando volví a casa lo supe todo; la señora de la esquina lo sorprendió, justo en el momento que daba el primer mordisco sobre su ave preferida, la escena hubiera sido la de siempre, sino fuera por la señora, ella se enojo tanto, que corrió a su recamara y saco del armario la vieja pistola de su marido.

Tres disparos mal hechos, uno sirvió para ponerlo en alerta, otro para hacerlo correr, y el último para destrozarle una pata, y a pesar de ello, el genio escapista desapareció dejando un rastro de sangre que se perdió entre los charcos producidos por la lluvia del día anterior. Jamas lo volví a ver, lo busqué por días enteros recorriendo todo el vecindario, llamándolo, necesitándolo, pero nunca más volvió. La realidad me abofeteo el rostro, jamas lo encontré. Dicen que al otro día por la mañana, cuando la señora fue a alimentar a su avecilla, solo encontró plumas y sangre en su jaula, y un rastro que salía hacía la calle, ¿sería él acaso? nunca lo sabré, pero la gente dice que aún por las noches en las casas de aquel vecindario aún desaparecen aves, algunos dicen que han visto a un gato blanco de ojos enormes caminar arrastrando una pata por entre los techos.