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Mirando al infinito

Después de varios meses de no actualizar, les traigo un pequeño escrito libre que vino a mi mente después de un rato de observar las estrellas.

Mirando al infinito

Mirando al infinito

Ahí estaba esa noche, parado en medio del silencio con la mirada al infinito, a decir verdad no recuerdo cuanto tiempo pasó. Cuando me concentro en algo suelo no darle importancia al tiempo; ese es uno de mis defectos más grandes, la causa de muchas discusiones en mi casa con mis padres, con mi novia, aún en la escuela. Cada persona que conozco suele recordarme lo descortés, insensible, inmaduro y poco amigable que ser así. De hecho yo lo se, siempre lo he sabido, pero, ¿qué puedo hacer?

Desde que era pequeño nunca he podido dejar de mirar al infinito, mis ojos son viajeros que divagan entre nubes, estrellas, planetas y constelaciones. Las jornadas son largas y mis ojos se cansan de tanto mirar hacia aquella frontera tan lejana para mí. ¿Qué puedo hacer? Por las noches cuando la gente de mi edad gasta la mayor parte de su tiempo frente al televisor, yo sigo en la azotea de mi casa con la mirada al cielo, expectante, impaciente, deseoso de estirar mi mano y alcanzar lo inalcanzable, ¿qué más podría hacer? ¿Qué más podría desear?

Los días pasan, las semanas y los meses. Llevo más de dos años esperando, como si en verdad hubiera algo o alguien que vendrá algún día por mí. No entiendo porque tengo esta sensación y tampoco es que me importe mucho entenderla. La gente suele buscar explicación a todo, pedir cuentas aún y cuando no se tenga ningún tipo de autoridad, pero yo no siento la necesidad de explicarle a nadie lo que siento. Y mis compañeros, crueles como todo ser humano a esa edad, me han etiquetado de “raro”, “ñoño”, “nerd” … pobres idiotas que necesitan ponerle una etiqueta a todo para intentar alcanzar un poco de aceptación frente a otros, reflejando de esa forma su inherente inseguridad.

Lo dije antes, me da igual lo que el resto de la humanidad piense, sienta o quiera creer de mi persona. Yo se que alguien vendrá por mi, muy pronto… ¡Si, lo he sentido!

Mi corazón late más fuerte cada día, como si llevará la cuenta de mi partida y se estuviera preparando; eso me hace tan feliz. Se que solo un puñado extrañará mi partida, quizá haya algunas cuantas lágrimas derramadas para mí, algunas genuinas, otras mentirosas como la mayor parte de la gente que me rodea, ¿qué puedo decir? … Nada, no hay nada que pueda decir, lo he decidido y lo haré. Quizá ría, quizá lloré, pero es mi decisión, aunque muchos no la entiendan.

La leyenda del gato blanco

Este es un pequeño cuento que escribí para mi hijo, se supone que debía leersélo para que él lo relatará en clase, pero al final al maestro se le olvidó está actividad.

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De niño tenía un gato, le llamé fantôme, era un hermoso felino blanco de grandes ojos, enormes bigotes y bello pelaje. Todo en él era perfecto, parecía una figurilla de colección. Siempre he amado los gatos, desde que recuerdo hay uno en mi casa, aún ahora de adulto tengo uno que me recuerda vagamente a fantôme. Pero fantôme era especial, era mi amigo inseparable, era mi compañero de andanzas en la niñez; cuando me iba al colegio, él apenas regresaba a la casa de sus aventuras nocturnas, siempre me he preguntado, ¿a donde van los gatos de noche? ¿tienen sus tertulias y jolgorios bajo la complicidad de las estrellas y la mirada tierna de la luna?

Creo que jamas lo sabré, pero él siempre estaba ahí para mí, era como si me dijera “descuida, todo estará bien, ve tranquilo”. yo me olvidaba de él en cuanto subía al autobús y entraba en mi rutina diaria, me pregunto, ¿qué hacía él para vivir? Se que es tonto pensarlo, pero, ¿cómo se sentiría él conmigo? A veces creía que lo sabía, cuando se restregaba contento sobre mi pierna y daba rienda suelta a ese concierto de ronroneos que dejaban ver su alegría infinita, ¡como quería yo a mi gato!

Dicen que un día, después que me fui al colegio, él se aventuro un poco más allá de sus límites, porque verán, él conocía sus límites, sabía donde era bienvenido y donde no lo era, era un animal listo, pero también era un pillo consentido. Por todo el vecindario eran ya famosas sus incursiones a las cocinas ajenas a robarse los filetes. Era el terror de las señoras mayores, quienes lo correteaban escoba en mano para evitar que engulliera sus preciadas aves, era un malvado con los cachorros y experto escapista de las fauces de sus caninos enemigos, tal era su vida. Pero ese día fue diferente, no solo para él, también para mí. Cuando volví a casa lo supe todo; la señora de la esquina lo sorprendió, justo en el momento que daba el primer mordisco sobre su ave preferida, la escena hubiera sido la de siempre, sino fuera por la señora, ella se enojo tanto, que corrió a su recamara y saco del armario la vieja pistola de su marido.

Tres disparos mal hechos, uno sirvió para ponerlo en alerta, otro para hacerlo correr, y el último para destrozarle una pata, y a pesar de ello, el genio escapista desapareció dejando un rastro de sangre que se perdió entre los charcos producidos por la lluvia del día anterior. Jamas lo volví a ver, lo busqué por días enteros recorriendo todo el vecindario, llamándolo, necesitándolo, pero nunca más volvió. La realidad me abofeteo el rostro, jamas lo encontré. Dicen que al otro día por la mañana, cuando la señora fue a alimentar a su avecilla, solo encontró plumas y sangre en su jaula, y un rastro que salía hacía la calle, ¿sería él acaso? nunca lo sabré, pero la gente dice que aún por las noches en las casas de aquel vecindario aún desaparecen aves, algunos dicen que han visto a un gato blanco de ojos enormes caminar arrastrando una pata por entre los techos.